24 de septiembre de 2015

Marta Peirano: ¿Por qué me vigilan, si no soy nadie?

Marta Peirano (@minipetite) escribe sobre cultura y tecnología. Hoy es Jefe de Cultura en eldiario.es, antes lo fue de ADN.es y mantiene una columna en Muy Interesante. Gracias a Fernando Trujillo (@ftsaez) llegamos a esta conferencia TEDx en Madrid, sobre privacidad y espionaje masivo. Como afirma Ignacio Escolar (@iescolar) "es imprescindible para quienes quieran proteger su privacidad en Internet, pero también apasionante para todo el que tenga curiosidad por conocer hasta qué punto, como bien dice Marta, vivimos en casas de cristal".





Referencias
—ESCOLAR, Ignacio. "Vivimos en casas de cristal", en eldiario.es, Madrid, 24/09/2015, disponible en http://www.eldiario.es/escolar/Vivimos-casas-cristal_6_434366568.html
@Wicho "¿Te da igual que te vigilen porque no tienes nada que ocultar? Pues no debería", en Microsiervos, 23/09/2015, disponible en http://www.microsiervos.com/archivo/gadgets/seguro-que-te-da-igual-que-te-vigilen-aunque-no-tengas-nada-que-ocultar-no.html

20 de septiembre de 2015

Roxana Morduchowicz: Los chicos y las pantallas en el Siglo XXI [Manual]



"Los chicos y las pantallas en el Siglo XXI. Cómo orientarlos cuando usan las pantallas y navegan en Internet" es un manual escrito por Roxana Morduchowicz, especialista en cultura juvenil, que busca responder interrogantes para que las familias puedan orientar a los chicos en un uso seguro y responsable de las tecnologías e Internet. Surge como una iniciativa de Telefé, realizada con el apoyo de La Nación, Intel Security y Film Suez.





crédito de la imagen│Tim Wilson en Flickr CC.

14 de septiembre de 2015

Cómo configurar la búsqueda segura en Google

Según Google, "SafeSearch puede ayudarte a bloquear imágenes inadecuadas o explícitas de los resultados de la Búsqueda de Google. El filtro SafeSearch no es 100% preciso, pero te permite evitar la mayor parte del contenido para adultos. Si SafeSearch está activado, las imágenes y los videos con contenido sexual explícito, así como los resultados que puedan dirigir a contenido explícito, se excluirán de las páginas de resultados de la Búsqueda de Google. Si SafeSearch está desactivado, proporcionaremos los resultados más relevantes para tu búsqueda y podremos incluir contenido explícito cuando lo busques. Si utilizas un ordenador o tablet, puedes bloquear SafeSearch para evitar que otros usuarios desactiven SafeSearch si está activado. Esta opción es útil si tienes niños cerca o si otros usuarios utilizan tu ordenador". 
Con Vos en la Web explica en este videotutorial cómo configurar el Safe Search o Búsqueda Segura en el buscador Google para proteger a los niños de contenido adulto o violento.


7 de septiembre de 2015

Celulares en la escuela, oportunidad para aprender. Por Hugo Martínez

Por mi trabajo, visito muchos establecimientos educacionales al mes. Al conversar con directivos y educadores sobre la incorporación de tecnologías al trabajo pedagógico, un tema que aparece recurrentemente es el masivo acceso de teléfonos móviles por parte de los alumnos.

Hace unos días, en un aula de 6º básico de una escuela municipal le pregunté a los alumnos cuántos de ellos tenían celulares con acceso a Internet. Todo el curso me respondió que poseían un teléfono inteligente con esas características. Pregunté entonces si lo usaban en la escuela. La respuesta de algunos fue que sí, siempre y cuando el profesor lo permitiera. Pero algunas risas cómplices delataron que no era la única respuesta posible.

La mayor parte de los reglamentos de convivencia de los colegios establecen que no está permitido llevar celulares y que, en el caso que los alumnos sean sorprendidos usando uno de estos dispositivos, el teléfono quedará “requisado” hasta que lo venga a retirar el apoderado. Sin embargo, esta norma es insostenible y casi imposible de hacer respetar.

¿Qué hacer entonces con los celulares en la escuela? La respuesta es simple, básicamente debemos realizar lo que mejor sabemos hacer en las escuelas: educar.

Las habilidades que muestran las nuevas generaciones en el uso funcional de los dispositivos, no significa que los estudiantes tengan las competencias para un uso adecuado y de valor agregado de las oportunidades que ofrecen los teléfonos inteligentes. Y permitir su uso en el aula, no implica necesariamente que aporte a los objetivos de aprendizaje que desafían a las comunidades educativas.

El ingreso de un celular a la sala de clases debe realizarse como parte de un plan educativo que le agregue valor al dispositivo y naturalice su uso, evitando que sea visto exclusivamente como un medio de entretención o un riesgo de distracción al interior del aula. Un acompañamiento pedagógico exitoso relacionará el uso con el respeto por la intimidad y privacidad, el derecho a la propiedad intelectual y la empatía con otros.

Los alumnos están produciendo textos en sus dispositivos, lo que ofrece una oportunidad de exploración de estilos y formatos de expresión escrita. Pero también, los alumnos están capturando imágenes a través de poderosas cámaras fotográficas disponibles en sus móviles, lo que ofrece la oportunidad de profundizar conceptos en artes visuales, creatividad y comunicación.

Por otro lado, los estudiantes buscan permanente información en sus teléfonos conectados a Internet, lo que desafía desarrollar en los estudiantes habilidades de análisis, comparación de fuentes y criterios para la selección de contenidos. Ésta es una buena oportunidad de buscar información en el aula un mismo tema, comparando diversas fuentes y analizando las características que debiera tener un contenido de calidad.

Para incorporar los dispositivos móviles en el aula, necesariamente hay que innovar respecto a las formas tradicionales de enseñanza. En primer lugar, se debe planificar el momento en que el uso de los dispositivos y de sus aplicaciones será pertinente y agregará valor al programa de la clase. Esto debe realizarse, con el objetivo de desarrollar hábitos que modelen usos adecuados y pertinentes de los dispositivos.

En segundo lugar, es importante establecer pactos y compromisos en conjunto con los estudiantes, con el fin de establecer el modo en que podrán ocupar sus teléfonos inteligentes en el aula. En este ámbito, es importante que las normas tengan un sentido que le dé significado a la decisión. Por ejemplo, acordar que no está permitido grabar vídeos sin consentimiento, lo que debe estar relacionado con la valoración de la privacidad e intimidad.

Por último, se deben incorporar estrategias que permitan ir ganando experiencias en la incorporación de los recursos asociados a los dispositivos móviles en el aula. Se puede partir por usos básicos (calculadora, diccionario) hasta interacciones más complejas y sofisticadas que impliquen modificar las estructuras tradicionales de la sala de clases.

Existen plataformas que hoy permiten transformar el uso de estos dispositivos en ambientes colaborativos de aprendizaje. Éstos ofrecen a los establecimientos contenidos curriculares, modelos pedagógicos y sistemas de retroalimentación que respetan ritmos y estilos de aprendizaje, otorgándole al docente herramientas para un liderazgo pedagógico efectivo. Estas soluciones, requieren un esfuerzo de innovación sostenido por parte de la escuela.

Hoy no basta con reconocer que el uso de celulares en la escuela es incontrolable. Es más interesante reconocer que estos dispositivos, que forman parte de la vida cotidiana de los estudiantes (y de muchos docentes), son una herramienta poderosa para enfrentar los desafíos pedagógicos al interior del aula.

Hugo Martínez (@hmartinez en Twitter) es profesor de Educación General Básica, diplomado en Investigación e Informática Aplicada y “Certificate of Advanced Study for International Educator” en el New York Institute of Technology. Fue director de la Red Enlaces del Ministerio de Educación y del Portal Educarchile en la Fundación Chile. Forma parte del Comité de Expertos del Instituto Iberoamericano de TIC y Educación (IBERTIC) de la Organización de Estados Iberoamericanos para la Educación, la Ciencia y la Cultura (OEI).

Fuente│MARTÍNEZ, Hugo. Celulares en la escuela, oportunidad para aprender. En Cooperativa. Opinión, Chile. 3 de setiembre de 2015. Disponible en http://blogs.cooperativa.cl/opinion/ciencia-y-tecnologia/20150903075731/celulares-en-la-escuela-oportunidad-para-aprender/

6 de septiembre de 2015

Libertad como desconexión. Por Daniel Innerarity

Daniel Innerarity escribió un ensayo —que publicó el diario El País de España, el 21 de mayo de 2015—  sobre la obligación de estar conectados que invade todos los ámbitos de la sociedad y convierte la cotidianidad en un asunto extenuante.

Reproducimos el artículo:

En la era de las redes y las conexiones, de los links y la instantaneidad comunicativa, la peor tragedia cotidiana es tener que escuchar que el teléfono marcado está desconectado o fuera de cobertura, que alguien tarde demasiado (es decir, dos días) en contestar un correo electrónico. Y la pérdida de conexión equivale a la muerte comunicativa, donde uno queda al margen de las oportunidades vitales. Si el fallo o la lentitud en la conexión los experimentamos como un verdadero drama es porque la comunicación inmediata forma parte de las posibilidades que damos por supuestas en una sociedad de la instantaneidad interactiva.

El éxito de la metáfora de la Red para describir la sociedad contemporánea se debe a la omnipresente realidad de la conexión. La conectividad es vista como un multiplicador de las actividades y de las oportunidades. El estado de conexión permanente se ha convertido en nuestra normalidad cotidiana. La obligación de estar conectado vale para todos los ámbitos de la sociedad: para el cultivo de la amistad, para la comunicación en la familia, para las organizaciones, la ciencia o los movimientos antiglobalización, para los niños a los que en una edad muy temprana pertrechamos con un móvil.
La conectividad es tanto un imperativo técnico como moral. Se trata de estar siempre integrado, disponible, accesible. No llevamos bien la desconexión porque estamos psicológicamente configurados con la sensación de que nos estamos perdiendo algo, sin argumentos para frenar la multiplicación de los contactos y apremiados por la exigencia de rendimiento continuo. No estar al alcance de los demás o resistirse a ciertas redes es toda una rareza. La conexión ha sido la clave de las oportunidades personales y la fuente de la riqueza para las naciones. La desigualdad digital se ha planteado como un problema de desigualdad en el acceso y no tanto a la capacidad efectiva de hacer algo con tales tecnologías.

Ahora bien, en menos de veinte años hemos pasado del placer de la conexión a un deseo latente de desconexión (Francis Jaureguiberry). Del mismo modo que el ocio y la pereza fueron reivindicados en la era del trabajo o el decrecimiento en medio del éxtasis del crecimiento y la aceleración, han ido apareciendo en los últimos años diversos elogios de la desconexión. Las reivindicaciones de un derecho a desconectar se han venido sucediendo a medida en que eran más visibles los inconvenientes y las patologías de la hiperconectividad. Aumentan los diagnósticos que hablan de una verdadera dependencia provocada por el exceso de interpelaciones y la sobredosis comunicativa.

¿A qué se debe este malestar que surge allí donde hasta hace poco celebrábamos una verdadera orgía del contacto y la accesibilidad? De entrada, al hecho de que el imperativo de la conectividad es una forma de poder, una imposición que exige de nosotros disponibilidad continua. El hecho de no responder inmediatamente al teléfono, por poner un ejemplo cotidiano, es algo que ahora debemos justificar. El imperativo de la inmediatez comunicativa se ha convertido en una estrategia de abreviación de los plazos y generación de la simultaneidad, lo que incrementa la aceleración general y la cantidad de cosas que podemos (y debemos) hacer. Pensemos en el teletrabajo, que en pocos años ha pasado de ser una liberación a experimentarse como una maldición. Donde rige la teledisponibilidad permanente, la urgencia se contagia hasta el espacio privado, que ya no resulta protegido por la distancia física.
El exceso de conectividad se vive subjetivamente como una carga porque el impulso de comunicar y expresar nos está situando fuera de todo autocontrol subjetivo. Seguramente hemos traspasado ya el umbral a partir del cual el networking se convierte en overlinking, la complejidad resulta irreductible y la sensación más habitual es la de estar desbordado. Todo ello ha llegado a provocar una náusea telecomunicativa, una fatiga tecnológica que se traduce en un deseo de desconexión, aunque sea parcial.
Cada vez hay más problemas que tienen que ver con el exceso de conectividad: las decisiones se complican cuando intervienen demasiadas personas e instancias; donde esperábamos una crowd intelligence tenemos más bien una conducta adaptativa que dificulta la creatividad personal; hay conexiones siniestras que están en el origen de cierta corrupción (entre los poderes políticos, económicos y mediáticos) y que solo se resuelven desacoplándolos; experimentamos el agotamiento que supone no tener espacios libres de conexión o la obligación de estar siempre localizables... La idea de "enredarse" tiene cada vez más connotaciones negativas, que aluden a la pérdida de tiempo, a quedar entrampado, a una omisión de lo verdaderamente importante.

Frente a este malestar, aumentan las estrategias de desconexión. En primer lugar, las de tipo personal, en la gestión de la propia conectividad. El objetivo sería preservar el propio ritmo en un mundo que empuja hacia la aceleración y a defenderse de un ambiente telecomunicacional intrusivo. Algunos reivindican el derecho a hacer una pausa, a no atender todo lo que nos solicita. Aquí cabe mencionar toda una serie de prácticas de desconexión voluntaria que permiten la desintoxicación informativa, como gestionar la atención y reducir el número de las informaciones a las que se hace caso, o modos de rehusar la comunicación continua, como desconectar el teléfono o el correo electrónico mientras se trabaja. Como decía Deleuze se trataría de "crear vacíos de comunicación, interruptores, para escapar al control". La espera, el aislamiento y el silencio, que habían sido entendidos como una pobreza a la que había que combatir, pasan a ser opciones positivas que permiten construir la autonomía personal.
En Francia ha habido recientemente un debate en el que se ponía en cuestión que estar conectado veinticuatro horas fuera bueno para los trabajadores; hay empresas californianas que envían a sus empleados a estancias para curar su exceso de conectividad; se da el caso también de empresas que han prohibido todo correo profesional a partir de cierta hora y durante los fines de semana. Me da la impresión de que estar desconectado es algo que va poco a poco perdiendo algunas de sus connotaciones negativas, que ya no designa una deficiencia comunicativa sino una práctica voluntaria que puede ser beneficiosa. Tal vez ilustre este cambio de valores el hecho cotidiano de que las vacaciones se hayan convertido para muchos en algo que ponemos bajo la metáfora del "desconectar".
Las estrategias para desconectar pueden agruparse en las de tipo temporal o espacial, según sea la dimensión en que se realizan. Las desconexiones temporales tienen que ver con la recuperación de un tiempo propio en el que el individuo pueda encontrar sus propios ritmos, el sentido de la duración y de la espera, de la reflexión y la atención. Se basan en el descubrimiento, tras décadas de sumisión a la prisa, de que los tiempos propios (de la reflexión, la distancia y la maduración) son fundamentales para construirse a sí mismo como sujeto. A veces basta con adquirir hábitos elementales como no contestar inmediatamente o ralentizar el trabajo. Desconectar, en este sentido, no tiene por qué significar salirse del tiempo sino encontrar el propio ritmo y no dejarse imponer unas aceleraciones que son discriminatorias, que no se corresponden con el tiempo que nos caracteriza íntimamente o con el propio de nuestro modo de trabajar (como las exigencias de rentabilidad a los saberes humanísticos, por ejemplo, o un criterio de innovación tomado de las ciencias naturales).

Las estrategias de desconexión espacial consisten en un placer inédito para nuestros antepasados: "La felicidad de estar ilocalizable" (Miriam Meckel). Se trata de salir de un ámbito en el que rige el ideal —que termina convirtiéndose en obligación— de transparencia o de reivindicar el derecho a no estar geolocalizable, interrumpiendo dicha función en nuestros móviles y ordenadores.

De hecho, nuestros dispositivos desarrollan cada vez más estas posibilidades de desconexión. Del mismo modo que los coches tienen la posibilidad de desconectar el sistema de conducción asistida o los fusibles saltan en nuestras casas cuando la intensidad eléctrica es excesiva, ya existen aplicaciones que bloquean la tentación de las redes sociales como AntiSocial, Afirewall o SelfControl cuando uno quiere no ser interrumpido y pretende aislarse para trabajar durante un tiempo. Igualmente hay filtros cada vez más sofisticados para proteger a los niños en el espacio abierto de Internet. Cabe mencionar en este sentido, como un movimiento contrario al frenesí expresivo de las redes sociales, movimientos como Anonymous, que reflejan el deseo de despersonalizar ciertas intervenciones en la Red. O pensemos, sin ánimo de hacer la lista exhaustiva, en el hecho de que la seguridad de las comunicaciones tiene que ver con soluciones que dificultan la accesibilidad a cualquiera, es decir, con estrategias para limitar la conectividad.

¿Cómo equilibrar las ventajas de estar conectado con la libertad de no estarlo siempre ni absolutamente? Propongo pensarlo mediante una analogía con la ciudad y plantearnos como objetivo urbanizar el espacio digital. Los grandes teóricos de la vida urbana (como Simmel, Bahrdt o Goffman), a contracorriente del tópico que exaltaba la cercanía y autenticidad de los pequeños enclaves comunitarios, subrayaron el anonimato que hacían posible las grandes ciudades, la libertad frente al control, la indiferencia generalizada, una cierta desatención, esa combinación de relaciones y privacidad, donde uno puede decidir qué aspecto de la propia personalidad desvela u oculta a los demás. El sociólogo alemán Georg Simmel dijo algo acerca de la ciudad moderna que podría sernos muy útil a la hora de pensar el tipo de interacción que debemos construir con las redes sociales. Llamó la atención sobre el hecho de que las ciudades son formas "débiles" de comunidad y comunicación, en las que es posible una cierta indiferencia frente a las múltiples ofertas de interacción. A diferencia de lo que ocurre en el mundo rural, en ellas no es obligatorio saludar a todo el mundo, ni comprar a todos los que nos ofrecen algo, ni considerar como un desprecio que no se fijen en nosotros. En la ciudad es posible ignorar a otros y disfrutar la libertad del ser ignorado por otros, el derecho a la no intromisión, a no ser juzgado.

La ciudad nos enseña muchas prácticas de indiferencia social que pueden ser de gran utilidad para civilizar el espacio digital. La experiencia de la distancia urbana podría ser un modelo para pensar de qué modo disfrutar de las posibilidades de interacción que nos ofrecen las TIC sin renunciar a las diversas formas de libertad que sólo pueden disfrutarse mediante una práctica de desconexión.

En un mundo en el que la inmediatez y la vecindad son lo habitual, resulta imperativo recuperar el sentido de la distancia como algo que uno debe procurarse para ralentizar el ritmo de la comunicación y la decisión, para sustraerse a la influencia de las opiniones ajenas y pensar por cuenta propia, para decidir uno mismo en su propio espacio y con su propio tiempo. Si en el pasado la distancia era un obstáculo para muchas cosas, hoy es un instrumento que facilita la autonomía personal.

Daniel Innerarity (Bilbao, 1959) es catedrático de Filosofía Política y Social en la Universidad de Zaragoza y director del Instituto de Gobernanza Democrática de San Sebastián. Sus últimos libros son Ética de la hospitalidad, La transformación de la política (Premio de Ensayo Miguel de Unamuno y Premio Nacional de Literatura en la modalidad de Ensayo 2003), La sociedad invisible (XXI Premio Espasa de Ensayo), El nuevo espacio público y El futuro y sus enemigos.
Fuente│ INNERARITY, Daniel. Libertad como desconexión. El País. 21 de mayo de 2015. Disponible en  http://elpais.com/elpais/2015/05/21/opinion/1432228354_208918.html

5 de septiembre de 2015

Proyecto Escuchar un cuento



El proyecto Escuchar un cuento http://escucharuncuento.blogspot.com.ar/ está siendo desarrollado en el Taller de TIC, por estudiantes de 1º año de los Profesorados de Educación Primaria, Inicial y Especial, de la Escuela Normal de Gualeguay. 
Las actividades consisten en la selección de un cuento que se encuentre bajo dominio público o Licencias Creative Commons, la lectura del texto y la grabación  del audio con el celular (teléfono móvil). 
Hasta el momento, se encuentran publicados en el blog 49 cuentos, obtenidos de diversas fuentes como Wikisource, Ciudad Seva, Cuentos de Grimm, entre otras. 
Los podcasts están disponibles para escucha y descarga en iVoox, en el canal http://escucharuncuento.ivoox.com. En el índice del blog encontrarán el listado de cuentos infantiles, tradicionales y fábulas. 

3 de septiembre de 2015

Cristóbal Suárez: La táctica puede ser la tecnología, la estrategia es la educación


Cristóbal Suárez es doctor en Educación en Procesos de Formación Virtual por la Universidad de Salamanca y profesor del Departamento de Didáctica y Organización Escolar de la Universidad de Valencia. En el siguiente video, el Dr. Cristóbal Suárez (@cristobalsuarez), autor del blog Educación y Virtualidad, expone durante el evento Buenas Prácticas Docentes con TIC (APEC) realizado en Lima (Perú), en julio de 2015. 
Desarrolla su ponencia a partir de tres ideas básicas: 1. Considerar que Internet no es solo un instrumento, sino parte del desarrollo social y cultural de la humanidad; 2. Toda tecnología es necesaria en el aprendizaje, pero no es suficiente; 3. La pedagogía, como disciplina, se encarga no solo de dar respuestas educativas, sino sobre todo de pensar buenas preguntas, para abrir la reflexión sobre el impacto educativo que tiene esta tecnología.
Plantea la diferencia entre la posibilidad de digitalizar la cultura con Internet y la cultura digital y resalta el valor de las preguntas ¿Dónde aprender? y ¿Con quién aprender? que adquieren sentido en Internet, ya que el entorno forma parte del aprendizaje, cambia el aprendizaje en virtud de la mediación tecnológica. 


La presentación digital (en inglés): Pedagogía e Internet.

—Relacionado: Pedagogía red. Infografía 

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